viernes, 18 de mayo de 2012

La policía Nacional estafa a las bibliotecarias de Vall d' uixó

La Policía nacional estafa a las bibliotecarias de Vall d' Uixó.
Ojos azules tristes detrás de unos cristales empañados de penas suspiran. Repican las campanas de la iglesia de Cristo obrero. Algarabía y olor a fiesta tragi cómica en honor a la virgen de los desamparados. Al lugar acuden viciosos, festeros, drogadictos, quinquilleros, mendigos, fuerzas del orden publico, funcionarios y autoridades. Personal de baja estopa que siempre andan juntos en tales saraos, cómo el tiburón y la rémora. La mujer de ojos tristes, funcionaria bibliotecaria de profesión, se encuentra junto a un policía nacional de gruesa porra y que le mira riendo. Ella sujeta lánguida y sin aliento un poema de Santa Teresa de Jesús en la tribuna que presiden. EL concejal de cultura mascando chicle y limpiándose las gafas de sol a base de escupitajos espera la llegada del alcalde para aplaudir con entusiasmo y darle palmaditas en la espalda.
Cohetes y repiques de campanas incesante e infinitos. Los golfos contentos con ganas de virgen, fiesta y sexo. Los desamparados se apostan en las las esquinas con las manos extendidas, humillados y de rodillas para hacer su agosto. Chancletas y alpargatas valencianas votando al son de la música . Las festeras: ligeras de ropa, mirada promiscua, marcando tanga, el moño recogido en gruesa coleta, gafas de sol en los ojos, gesto de vicio, escote generoso y cadenciosos movimientos orgiásticos. Los batuecos devotos de cristo obrero, y que en su vida han trabajado, ni lo harán con seis millones de parados, exhiben músculos, chillan, y cuentan a cuantos han pegado en al discoteca la noche anterior. La guardia civil haciéndose hueco con la culata del fusil se ponen en primera fila engalanados de verde, con gorra de tela en vez de tricornio y peto fluorescente. El toro embutido en un cajón, angustiado de estrecheces aguarda en un rincón de la esquina de la iglesia hasta que termine el cura el sermón que acaba de empezar con la llegada del alcalde que se coloca en el centro del balcón de la iglesia.
Posa para la posteridad bajo los aguiluchos fascistas esculpidos en la fachada de la iglesia de Cristo Obrero. Los trabajadores que acuden con la gorra de pana en la mano, bajo las nobles esculturas del águila fascista , la cruz y los apóstoles, recuerdan enternecidos con cariño, devoción y nostalgia, al generalísimo caudillo que tanto bien les hizo a los obreros. El cabestro pega coces, el monaguillo al cajón para que rumiante calle , el cura habla en latín y catalán sobre la vida y la piedad con la boca reseca por el calor de mayo. El alcalde anuncia lanzando dos cohetes: Que empiecen las fiestas. El pueblo aplaude con el amen pirotécnico. Suena el pasodoble torero, y el toro es soltado. Sale confuso y aturdido persiguiendo a unos baturros borrachos que agitan las manos en forma de aspas ante el regocijo de la virgen de los desamparados reinando allá en los cielos, y los farandules acá sobre la barrera. La bibliotecaria decepcionada de que nadie haya escuchado el poema de Santa Teresa por estar el publico más concentrado en un discapacitado mental que se ha tirado al ruedo borracho y el toro ha matado. Baja del atril descontenta de la vida cómo un anti sistema, y camina solitaria dando pequeños pasos a su despacho. Tropieza con un conocido anti sistema que ha ido a gravar el acontecimiento. Se miran fijamente sin saber que decirse. ¿Gravando señor anti sistema? A ver, el mundo tiene derecho a estar informado de lo que aquí ocurre- le dice a la defensiva el anti sistema.
Me parece bien- le contesta provocando una reacción de misterio en el anti sistema. No comprendo donde quieres ir a parar. Eso, que me parece bien. Desde cuando le parece bien. Entre nosotros, señor anti sistema, empiezo a creer que usted tenga razón. ¿De verdad? Le pregunta intrigado. Es por lo de la biblioteca ¿No? Lo sabe usted. Si. Pues sabrá que yo no deseaba que llegará la cosa tan lejos. Era de esperar. ¿Por qué?- pregunta la bibliotecaria maliciosamente. Por qué de la policía uno no se puede fiar- responde el anti sistema con tal aplomo y seguridad que hace tambalear la moral y resistencia psicológica de la bibliotecaria que se lanza a su cuello abrazándole. Yo, yo- duda la mujer en seguir hablando o silenciar, se retira unos pasos, observa el rostro sereno, franco, puro y bello del anti sistema, ante tales atributos una débil funcionaria solo puede manifestarse humilde y sincera ante el superior hombre anti sistema. Yo solo quería agradar a mis jefes, y ahora todo el mundo me pone reclamaciones. Oh señorita bibliotecaria, ! que ingenua es usted !¿cómo pudo confiar en la policía? Cuando ofrecí la biblioteca para lo del DNI, le juro que yo pensé que estarían un par de días y el alcalde me premiaría mi labor- justifica su ignorancia la biblioteca. Sin embargo, llevan tres semana y no se van. Yo mismo he de confesar que he sido de los que he reclamado. Lo se señor anti sistema, y al principio me encolerice, le odie y le hice budu, pero ahora... ¿Ahora? Pregunta el anti sistema.
Que yo también me he quejado de la policía- exclama la bibliotecaria quitándose un peso de encima que no decirlo le habría acarreado una neurosis tan habituales cuando se trata con la policía nacional. ¿Usted? Pregunta con la boca abierta y asombrado el anti sistema sin respirar- pero si usted ha sido una funcionaria ejemplar toda la vida. Ha cedido la biblioteca a cuantos hiciera falta: funcionarios, malabaristas, acróbatas, a la policía. Si ha sido necesario despedir o conspirar contra una bibliotecaria que a todos nos agradaba lo ha hecho para colocar en su lugar a los amigos de la autoridad competente. ¿Qué me dice, usted quejándose ante la autoridad? Oh señor anti sistema, no siga realzando mis logros que de poco me han valido- le dice con una tristeza que le partiría el corazón hasta al más combativo anti sistema. ¿pero exactamente que ha pasado? Pues que ahora con la moda de las quejas todo el mundo lo hace, y las autoridades asustadas por los acontecimientos en las calles, por el paro, y esas cosas que ni a mi ni a los míos nos importan, me han reñido a mi en vez de al pueblo. ¿Puede usted creerlo? No se donde iremos a parar. Yo solo intento agradar al que manda para vivir bien, ¿sabe? Se. Cuando me han llamado la atención he ido a la policía nacional para decirles que se fueran, y se han reído de mi. Me han dicho que me vaya o me detenían. !A una servidora que es funcionaria! Mujer no te lo tomes a mal, es una putada, pero el sistema es así, si yo te contara lo que me han hecho. Pero no es lo mismo- le riñe la bibliotecaria molesta por la comparación. Eso ya lo se, pero... Ha sido una experiencia horrible, quiero con todas mis fuerzas que se vayan y no vuelvan.
Desde luego, cuanto le falta por aprender señorita bibliotecaria. No ve usted que esa gente está acostumbrada a tratar con traficante de drogas, asesinos, banqueros ¿A quién creía que entrega la biblioteca, a un premio nobel de la paz? Si me hubiera hecho caso a mi. La policía es mala, y hacer negocios con ellos es una locura. Desde luego señor anti sistema, ahora lo se. La verdad es que debiera usted aconsejarnos. Mejor andarían si de vez en cuando nos escucharan. Por ejemplo: con la banca no hubiera pasado lo que ha pasado si se hubieran dejado aconsejar por nosotros- le dice con vehemencia de Jesuita el anti sistema mientras la bibliotecaria asiente con la cabeza. Gobierne, gobierne usted señor anti sistema que yo le sigo, ¿qué podemos hacer para recuperar la biblioteca? El anti sistema colocándose las manos con gravedad en la barbilla, frunciendo las cejas en señal de concentración, de repente las destensa cómo la cuerda de arco de la que sale la certera flecha que siega la vida de un concejal, dispara el anti sistema un: Ya lo tengo. ¿Qué? Ruedas de coche, de camión, de moto. ¿Para qué? Le pregunta la bibliotecaria. Para prender fuego a la biblioteca. !Pero arderá la policía! le dice la bibliotecaria escandalizada. Y seguramente los libros, pero no hay otro remedio, quizás con el humo negro salgan antes de que arda, y en la calle medio aturdidos les golpeamos y los tiramos a las llamas, luego apagamos el fuego y asunto arreglado. Gran idea señor anti sistema, lo dicho, ojala usted y los suyos nos gobernaran, viviríamos en un mundo mejor. Yo lo creo señorita bibliotecaria, ya lo creo.
Angelillo de Uixó.

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